Los pasos de…

Siempre he rehuido a los determinismos. La imposición de una serie de valores morales, sociales e incluso religiosos que alteren o nublen nuestro juicio -ya sea como investigadores, miembros de una comunidad, o simples mortales- carece, en perspectiva, de toda seriedad y parcialidad.

Si bien la formación del historiador niega categóricamente el absoluto conocimiento del objeto (de estudio), debido a las coordenadas espacio-temporales, no demerita la activa participación del sujeto (aquel que relata, plasma resultados de las investigaciones, convierte lo ilegible en información accesible, etc.) en la obtención de material trascendente para que generaciones venideras diversifiquen y profundicen la exploración del mar de historias y versiones; no para alcanzar LA verdad, sino para fomentar algún cambio -por más mínimo que éste sea- en el criterio social.

Es entonces ardua la labor de “historiar” sin determinar. Por un momento, estimado lector, intenta cerrar los ojos y pensar en Adolf Hitler: un ser de carne y hueso a quien hemos introducido al “futuro del pasado”. No sientas rencor, no reflexiones sobre los miles de muertos con los que su eterna presencia está asociada, dialoga con las circunstancias. Si lo anterior fue difícil, pongámonos sólo un segundo en el lugar de quienes lo estudian con el afán de dar a conocer lo aún por escribirse. Nosotros -lectores, receptores- podemos sentir rabia, furia o incluso empatía (no es el caso del que signa), ellos no, o tal vez no deberían. Es difícil ver el objeto sin sentirse parte de él; envestirnos en el personaje externo: un simple y llano sujeto.

Las voces de cientos de historiadores vienen a mi y me pregunto: ¿qué daría Leopold Von Ranke por estar en este lugar? Deseo analizar mi situación. Existen fuentes literarias, documentos, archivos, periódicos y hasta oralidad para relatar los acontecimientos de los que he sido ambos: objeto y sujeto; sin embargo, hasta el momento en que comencé a redactar la presente entrada, carecía de coraje. Tal vez por tan maravillosos seres que atravesaron el trayecto conmigo -algunos de los cuales podrían ofenderse- o quizás por cobardía. Hoy, esa luz de conciencia me hizo pensar en que, probablemente, mi situación no es única.

Ha sido el silencio del tiempo, principal impedimento para alzar la voz. Así, quienes me anteceden en experiencia, callan. ¿Por qué es mejor ocultar, dejar que nuestras vivencias se olviden en el devenir histórico?

Apreciable lector, pido ejercites una vez más la virtud de la paciencia y sirvas de conejillo de indias para el siguiente experimento: Marcial Maciel Degollado y la Legión de Cristo. ¿Listo? ¿Qué sentiste? ¿Podrías listar lo que conoces con respecto al Padre y su Congregación permaneciendo obtuso, imparcial, como simple relator? Intentémoslo juntos.

El Padre Marcial Maciel Degollado nació en Michoacán el 10 de marzo de 1920 y murió 87 años, 9 meses y veinte días después en Florida, Estados Unidos. En enero de 1941, fundó la Legión de Cristo en la ciudad de México. La Legión de Cristo o, para mis amigos o íntimos conocidos LA Legión. Cierto es que el Reverendo Padre (manera en que se le denomina al interior del sistema legionario) era un hombre de moral dudosa: “[...] la congregación de los Legionarios de Cristo confirma públicamente que el P. Maciel ha tenido una hija en el contexto de una relación prolongada y estable con una mujer y otras conductas gravemente reprobables. Algunos meses más tarde, se presentan en los medios de comunicación otras dos personas, hermanos entre sí, que afirman ser hijos del P. Maciel, fruto de la relación con otra mujer”(ver referencia aquí) . Lo anterior, claro está, no determina las obras de la comunidad ni a los integrantes que tuve a bien conocer; sin embargo, pone en perspectiva el tipo de moral con la que muchos de los adscritos trabajan.

De acuerdo con la RAE, por moral debemos entender “[todo aquello] perteneciente o relativo a las acciones o caracteres de las personas, desde el punto de vista de la bondad o malicia” (ver referencia). Dicha definición tendría que obligar a la Legión de Cristo -establecida como Congregación religiosa y salvaguarda de la Moral Cristiana- a hacer una introspección de su sistema educativo. No por sus alumnos ni por su nivel de competitividad en el ámbito académico, sino por la calidad humana de quienes ‘dirigen’ las instituciones a nombre del régimen Semper Altius.

Respeto en el alma a mis amigos, alumnos y demás miembros de la comunidad, cuyo cobijo me arropó desde que la Dra. Ramírez me contactase con la Universidad Anáhuac. Son ellos el filtro que me impide denunciar abiertamente la serie de injusticias de las cuales fui víctima durante mi paso por un reconocido colegio de la red educativa legionaria; mas permítanme ilustrar: mencioné líneas arriba que no creía en los determinismos, y es verdad. No me parece que las ínfulas y pretensiones de una mujer sin educación preparatoria (muchísimo menos universitaria) comprobable, arriesguen el futuro académico del alumnado que yace bajo su brazos; pero sí creo que ostentar el título “Prefecto de Estudios”, sin mayor cartera que la de infiltrarse a través de conexiones sociales, pone un enorme freno al desarrollo profesional de quienes laboran a sus órdenes y reciben de ella consejos y (supuestos) conocimientos.

El problema no es la Legión, sino el sistema que le permitió abrupta y corruptamente llegar hasta donde hoy se encuentra. El problema no es la Legión, es la Dirección General que sin mayor conocimiento de su planta docente, permite que la susodicha prefectura -con todo y su poco instruida cabeza-, limite los estudios y perfile al egresado a un mundo del que sólo sabemos un poco de todo y mucho de nada.

El problema no es la Legión, es una coordinación que, atada de manos, debe despedir elementos valiosos porque han transgredido el orden matriarcal en que la institución parece estar fundada.

El problema no es la Legión, es la falta de oídos, experiencia y humildad de quienes no cuestionan, únicamente firman. El problema no es la Legión, es la Sociedad de Padres de Familia que, sin cuestionarse, permite que puestos como el mío sean ocupados por una autodenominada chef haciendo las veces de profesora de inglés, matemáticas, física, geography, world history e historia de México, lo anterior, claro está, aunado a su recién obtenido puesto como administradora de una de las cooperativas al interior del colegio.

El problema no es la Legión, son las miles de envidias que desata la juventud de un hombre cuya única intención era impartir y compartir conocimientos. El problema no es la Legión, sino que dichas envidias pongan en jaque ante instancias superiores gubernamentales, la labor de quienes -con la mejor actitud posible ante tales vicisitudes- llevaron a un grupo de estudiantes en el Estado de México, a los lugares 3, 5 y 7 de una conocida competencia nacional de historia.

El problema no es la Legión ni el Padre Maciel. El problema somos nosotros. Creamos a un monstruo como Marcial y no lo detuvimos. Permitimos que los abusos continuaran dentro de un esquema. Callamos.

Toda víctima de escorzos negativos debería tener un foro (sí he determinado, me disculpo). De lo contrario, no seremos mejores que el P. Marcial Maciel. Peor aún, nos convertiremos en cómplices. Yo, simplemente me rehúso. ¿Pensaste? ¿Hablaste? ¿Actuaste? ¿Qué te diferencia de él?

“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” Juan 8:32.

La contemplación de las obras como las que se encuentran en la Pinacoteca de la Profesa tal vez puedan contribuir a formar una sociedad un poco más espiritual. Es seguro que de visitarla conocerás un mundo lleno de encanto y discreción. Una herencia cristiana católica, en donde se funden imagen y devoción. Sin embargo, no es necesario pertenecer a un culto para experimentar la emoción que el arte puede provocar.

Virgen de los Remedios (Anónimo)

El acervo cuenta con más de 380 obras que integran una de las colecciones de pintura más importantes, pero menos conocidas de México; por la relevancia de sus autores y el número extraordinario de las pinturas que contiene, es equiparable a la del Museo Nacional de Arte y la Pinacoteca Virreinal de esta capital, o a la del Museo Regional de Querétaro, así como a la del Museo de Guadalajara. Esas colecciones han sido formadas con obras llevadas de templos y casas conventuales clausuradas en el siglo XIX. En algunos casos éstas han sido adquiridas por compra o donaciones; mientras que las de La Profesa han permanecido en su lugar desde el siglo XVII.

Dios Padre bendiciendo la creación, óleo sobre tela, de Pelegrín Clavé

Virgen del Apocalipsis, José de Ibarra (1685-1756)

Si a te gusta el arte o eres amante (aunque sea un poco) de la cultura es indispensable tu visita a la Pinacoteca de La Profesa. Este museo es una muestra de cómo, en ocasiones, el arte ha estado al servicio de la religión, aunque no se requiere de esa intención para crear obras monumentales.

Un aspecto especialmente importante para la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri de México, LA PROFESA es reconocerse custodios de este acervo que fue enriquecido con la obra propia sumada a la de los padres jesuitas. La congregación considera al cuadro llamado El Patrocinio de San José, su obra emblemática, firmada por José de Alcíbar en 1767: es una representación de los integrantes del Oratorio y de su devoción y agradecimiento hacia san José, al interceder por la Congregación para evitar la defunción de sus miembros continuamente a mediados del siglo XVIII.

El Patrocinio de San José. Este retablo o exvoto, “Patrocinio de san José” que probablemente sea uno de los más grandes del mundo (3.90 x 4.80 metros), representa al prepósito, padres y hermanos que integraban la comunidad filipense en 1767, postrados ante el Patriarca San José, quien los cubre amorosamente con su capa sostenida por la Virgen de las Nieves y San Felipe Neri, patronos de la Congregación mexicana, para darle gracias por haberla librado de la muerte anual de uno de sus miembros que venía padeciendo la comunidad hacía mucho tiempo, y reconocer y proclamar su Patrocinio. El autor de este óleo- lienzo monumental es José de Alcíbar a cuyo pincel se debe otro patrocinio del señor San José, lienzo de menores dimensiones que el anterior, verdadero documento histórico por estar en él retratadas las personalidades que intervinieron en el cambio de dueños de la iglesia y Casa Profesa, de los Jesuitas a los Oratorianos. El Virrey D. Antonio María Bucareli y Ursúa; el Arzobispo de México D. Alonso Núñez de Haro y Peralta; D. Juan José Montalbán, Notario, y el P. José Pereda y Chávez, Procurador de la Congregación antes las autoridades virreinales. (Cédula original)

En la misma sala están pasajes de la vida del fundador del Oratorio en Roma, san Felipe Neri (1515-1595), así como cuatro siglos de prepósitos del Oratorio de México retratados, pintura y orden unidos para la posteridad. La exposición contiene obras de los siglos XVII, XVIII y XIX.

Virgen de la Escalera, venerada por San Felipe Neri y San Francisco de Sales. Cristóbal de Villalpando (1649-1714)

En los recorridos organizados por el Padre Cano, a través de la cuatro salas, encontrarás obras invaluables; hermosas representaciones están juntas para el deleite de quienes las admiran. Esta entrada es un breve testimonio de tres y medio siglos llenos de estilo, arte y color, tan diverso como el ser humano unificado por un valor supremo SU FE; las imágenes que muestro aquí son sólo muestras de momentos históricos específicos plasmados a través del arte. Traten de imaginar cómo fue el pasado, pero si quieren información del experto en el tema acudan a esta magnífica iglesia que resguarda un verdadero tesoro, herencia cultural de los mexicanos, muy poco visitada y apreciada.


Las visitas guiadas se hacen sólo los sábados de 12:00 a 14:00 horas, a excepción del 30 de enero que se habrá la Concelebración Eucarística en el Tercer Centenario de  la muerte del Beato Sebastián Valfré.

¡DISFRUTEN DE UN SÁBADO DIFERENTE EN EL CENTRO HISTÓRICO! La cita es en Isabel la Católica y Madero


Aquí se encuentra El Patrocinio del señor San José

Purísimo Corazón de María (Anónimo)

Los boleros como forma de expresión en la sociedad del siglo XX.

“Mi infancia son recuerdos de un patio en Sevilla, de un huerto claro donde madura el limonero, mi juventud, 20 años en la tierra de castilla, mi historia algunos versos que recordar no quiero”. -Antonio Machado-

Crecí alrededor del romanticismo. Tal vez el primer recuerdo que tengo sea con mi madre y mi hermana en la sala de nuestro hogar danzando al son de “Dreamlover”, éxito de Mariah Carey. El olor a España siempre estuvo presente en el nicho de mi casa: mi abuelo, un hombre inspirador, hizo que siempre recordásemos el pasado, los orígenes. No es de extrañarse entonces que de entre muchas de esas memorias sobresalga el de una magna voz en un tocacintas, algo que versaba más o menos así: “Dos almas en el mundo había unido Dios, dos almas que se amaban, eso éramos tu y yo” y “Toda una vida me estaría contigo, no me importa en qué forma, ni cómo, ni dónde, pero junto a ti”.

Mi vida ha transcurrido al lado de los boleros, de ese género musical que muchos consideran anticuado y pasado de moda, cursi y anacrónico, pero que todos, jóvenes y viejos, hemos entonado, porque todos nos hemos puesto sentimentales alguna vez y otras porque añoramos tiempos pasados.

Lo increíble de este género musical es que existe desde hace más de cien años y ha logrado sobrevivir a los tiempos y avatares del destino; hoy sus autores viven y ganan una inmensa cantidad de regalías, tanto como los de la sonada cultura pop o balada.

¿De dónde viene el bolero?

La respuesta es Cuba. Probablemente llegó primero de España; de hecho, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que un bolero es una “danza de movimiento ligero”. Sin embargo, es en Cuba donde se gesta la fusión de ritmos gitanos y africanos con guitarras y percusiones: bongos, congas o tumbadoras.

Se dice entonces que el primer bolero compuesto fue el Tristezas de José “Pepe” Sanchez (cubano) en 1886, y, aunque algunos difieren en cuanto a la fecha, lo importante es que esta pieza dio origen formal al género y así el boleró evolucionó de música de cantinas y pulquerías a música de serenatas. El toque romántico le permitió adaptarse a todas las clases sociales, de la misma forma en que el radio permitió su popularización y, posteriormente, el acetato le brindó la oportunidad de eternizarse.

Dos factores son claves para entender el ascenso y la popularidad del bolero: el primero, la inesperada muerte de quien fue considerado el rey del tango, Carlos Gardel, en 1935, dejando así a ese género sin sucesores importantes; el segundo es el aislamiento cultural de América Latina en los años cercanos y posteriores a las guerras mundiales, lo que permitió al bolero cultivarse y desarrollarse con calma, sin competencias claras que lo amenazasen.

Durante la tercera y cuarta década del siglo pasado, México tuvo gran influencia cubana en materia musical. El son, el danzón, la guaracha, el mambo y el cha cha cha, llegan a este país de aquellas tierras, y fue el bolero el género que probablemente tuvo mayor acogida y se adaptó más a la idiosincracia mexicana: Cuba y México se convirtieron en la Meca de los centros artísticos.

Los boleros vinieron de Cuba y Puerto Rico a México con canciones como Lágrimas negras de Miguel Matamoros: “Si tú me quieres dejar y yo no quiero sufrir, contigo me voy, mi negra, aunque me cueste morir”; y Despedida de Pedro Flores, interpretada por Daniel Santos en plena Segunda Guerra Mundial: “Vengo a decirle adiós a los muchachos, porque pronto me voy para la guerra, y aunque vaya a pelear a otras tierras, voy a salvar mi derecho, mi patria, mi honor”. Y durante los años comprendidos entre la década de los 30 y los 60, los boleros formaron parte esencial de la vida mexicana: los tríos surgieron al por mayor, las canciones estaban en todas las películas y las cantaban desde Pedro Infante hasta Angélica María. No obstante, 75 años después, este tipo de canción sigue siendo popular; como muestra basta decir que los discos de Luis Miguel de venden por millares y que en la ciudad de México hay aún muchos lugares en donde podemos cantar con los tríos y contratarlos para dar serenatas.

Los Panchos (Originales)

Hay una lista muy extensa y destacada de tríos mexicanos de entre los cuales destacan: El Trío Calaveras ( Que bonito amor, Luz de luna, Sin decirte Adios etc ), Los tres Diamantes (Usted, Jurame, etc.) y Los Tres Caballeros (La Barca, noche de luna etc).

Sobre las Orquestas Mexicanas sobresalen la Orquesta el Son Marabú de Agustín Lara, que tuvo como vocalista a Ana María Fernández, y además acompañó musicalmente a varios artistas como Pedro Vargas, Elvira Rios y Carmen Zozaya, donde por supuesto hubo difusión de la obra de Lara. Igualmente merece un papel destacado la Orquesta de Luis Alcaraz -la cual tuvo como vocalista a su creador, quien era además un buen compositor-; de esta orquesta que interpretó los boleros al estilo big band ligero – al estilo Glenn Miller – quedaron éxitos como Viajera, Sombra Verde, Quinto patio, Bonita, El dinero no es la Vida y El que pierde una Mujer (todos compuestos por Arcaraz), también señalamos a la Orquesta Sonora Santanera (Estoy pensando en ti, Congoja, etc.) la cual es una de las que ha permanecido mayor tiempo en el ambiente mexicano. Igualmente hacemos mención a la Orquesta de Pablo Beltrán Ruíz, autor del bolero Somos Diferentes, la cual también contribuyó a la difusión del Bolero Mexicano. Debemos hacer justa mención al famoso Trío Los Panchos, el cual por haber estado integrado por artistas de diversas nacionalidades, no puede clasificarse como mexicano. Debido a que los primeros integrantes del trío eran dos mexicanos (Alfredo Gil y Chucho Navarro) y un puertorriqueño (Hernando Avilés) esta mención se refiere a los dos países de origen de los miembros del trío. Constituido en Nueva York en 1944, el primer Trío Los Panchos cosechó grandes éxitos hasta su disolución en 1952, la llamada Época de Oro; de esos éxitos podemos destacar: Sin Ti, No me quieras Tanto, Contigo, Nuestro Amor, Flor de Azalea, Perdida, un siglo de ausencia, No No y No, Ya es muy tarde, Besáme Mucho y Rayito de Luna. Su aporte sin duda revolucionó y difundió el Bolero, ya que tras su ‘época de oro’ se multiplicaron los tríos que, siguiendo este estilo, intentaron capturar la magia que difundieron los Panchos.

El bolero es un canto de amor y dolor, por eso sus frases –aunque curis-, tarde o temprano nos acomodan: enamorados, desenamorados, nostálgicos, extrañados o beodos, en cualquier situación en la que esté implícito algún sentimiento.

Uno que otro autor…

Lara

Y si de producciones prolíficas hablamos, no podríamos dejar de lado la sensación que producen las palabras de Agustín Lara: “Oye, te digo en secreto que te amo de veras, que sigo de cerca tus pasos, aunque tú no quieras”, y suplica “Ven acá a devolverme los besos que yo te di, ven acá que aunque tu fueras de todo mundo yo soy de ti”, y termina afirmando que “nadie, nadie besara como tu besas”.

Tal vez empalagoso o pasado de moda, pero muchos nos hemos conmovido cuando Vicente  Garrido dice: “Pero, cómo no me has querido y lo que te he ofrecido no te puede importar, muere la esperanza que añoro, pues teniéndolo todo, nada te puedo dar”. Y qué me dice el lector de las célebres frases de Consuelo Velázquez: “Y no quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue”. Uno que otro puede ponerse sentimental al esuchar las palabras de César ^prtillo: “Y yo soy dichoso mi bien, porque me quieres también”, o cuando su paisano Juan Antonio Méndez, dice la siempre bien utilizada “Desmiento a Dios porque al tenerte yo en vida no necesito ir al cielo tisú, si alma mía, la Gloria eres tú”.

Y puede variar, porque al paso de los años Roberto Cantoral jugó con los corazonesal afirmar que era él “ese vicio de tu piel, que ya no puedes esconder, soy lo prohibido”.

La muestra más contemporánea y admirable de todas, es quien sea probablemente el maestro del bolero contemporáneo, Armando Manzanero aseguró “Contigo aprendí, que yo nací el día en que te conocí” o en épocas más recientes que “no sabes lo que tu me haces sentir, si tu pudieras un minuto estar en mi…”.

Need I say more?

Y el bolero es interminable: las canciones y sus formas los hacen rescatables, inolvidables pero, ante todo, producen identidad, no sólo musical sino también social. Y bien hay quienes dicen que en algunos momentos no hay mejor cosa que una botella de tequila y unos cuantos boleros en su casa o algún lugar en donde haya héroes dispuestos a interpretarlos.

En la entrada anterior mencioné que este tema era lo suficientemente extenso como para realizar una entrega de dos partes. Aquí les presento los pasos a seguir para el fácil acceso al acervo documental del Archivo Histórico de la Ciudad de México.

Una vez realizada la búsqueda en el catálogo, doña Guille (ver entrada anterior) precisa que los únicos materiales con que se permite la entrada al Archivo son hojas de papel, lápiz y/o computador. Es obligatorio el uso de cubrebocas y guantes.

Entrada al acervo archivístico

Entrada al acervo archivístico

El Archivo se encuentra cruzando el patio central del edificio. Al interior, Ana y Néstor son los encargados de la búsqueda de volúmenes así como de la recaudación de datos de los investigadores y de la cantidad de volúmenes y temas de mayor interés. He aquí un tip: En el curso de la mañana las cosas son más agitadas; a partir de las 12:00 pm. y hasta las 2:30 pm. -horas en que se van turnando los trabajadores para salir a comer- las cosas se vuelven, aunque más lentas, un poco más tranquilas. Es decir, el flujo de investigadores es menor debido a que los visitantes que inician sus compilaciones a partir de las 8:30 am., terminan sus labores alrededor de esas horas.Sala de consulta

Sala de consulta

Néstor es muy agradable: permisivo, emprendedor y, lo más importante, siempre intenta facilitar las búsquedas mediante su experiencia personal. Asimismo, aunque un poco menos jovial, Ana se encuentra en la mejor de las disposiciones para colaborar con los investigadores. Al contrario de la burocracia incongruente en el AGN, el AHDF cuenta con una impresionante eficacia para consultar y obtener información. No hay temas censurados y el contacto con el volumen siempre es directo. Particular genialidad adquieren las actas de cabildo del siglo XIX que, como hasta hoy día, contienen una muy diversa variedad de temas correspondientes a las peticiones, quejas y dudas de la sociedad capitalina.

En caso de requerirse una reproducción o digitalización, es necesario dirigirse al director, el Dr. Carlos Ruiz Abreu, a través de la Coordinación de Restauración y Difusión encabezada por Marlene Pérez: una mujer de modales impecables cuya labor es la de facilitar la divulgación del material contenido en el acervo.

Foto de "contrabando"

Siendo así, Marlene programa las reproducciones, valuaciones de documentos, recibe los donativos y escanéa lo que le sea permitido. Es también la jefa del departamento de curaduría y restauración que, con previa cita, es atendido por el Señor Isidro.

El Señor Isidro es un hombre platicador que hace amenas las sesiones fotográficas, única forma de reproducción de material. Sin costo alguno, el investigador puede pedir se le programe en la agenda de los curadores y obtener los elementos necesarios que complementen su búsqueda.

El donativo va desde una caja de clips o grapas, hasta una de dvd’s o cd’s para uso interno del Archivo.

Las actividades del Archivo pueden dividirse en:

•  Conservación documental. Aplicación de una serie de técnicas y procedimientos de preservación que evitan el deterioro de los documentos ocasionado por agentes patógenos internos y externos, a fin de prolongar la vida del material y ponerlos al servicio de futuras investigaciones, así como conservarlos en otros formatos (digital).

•  Procesos técnicos. Son procesos archivísticos, como la identificación, clasificación, ordenación y descripción, que se realizan para preservar los documentos históricos. La elaboración de instrumentos de consulta se lleva a cabo con apego a la norma internacional de descripción archivística para sistematizar y divulgar el patrimonio documental. Asimismo, se digitalizan los documentos para preservarlos y favorecer su consulta.

Normatividad  archivística y valoración documental. Comprende la elaboración de dictámenes a los documentos que puedan ser transferidos al Archivo, así como el control del archivo de trámite de esta institución.

•  Control de Acervos y registro central. Documenta los trabajos que se realizan en el Archivo en relación con los acervos que custodia, además de establecer las acciones necesarias para el funcionamiento del mismo.

•  Difusión del acervo documental. El Archivo coordina actividades encaminadas a difundir la riqueza de los acervos. Asesora a los usuarios y dependencias gubernamentales en investigaciones sobre historia de la Ciudad de México, realiza visitas guiadas en el recinto y actualiza los contenidos de la página web del AHDF.

•  Catalogación y ordenación de materiales bibliohemerográficos en las tres bibliotecas que integran la Red de Bibliotecas del AHDF.

Otra vista de la sala de consulta

El segundo piso de la construcción se convirtió en las oficinas del director y el demás equipo de trabajo. En ellas se solicitan las visitas guiadas por el Archivo y/o alguna otra cosa referente a la difusión de eventos culturales que puedan ser de interés de los visitantes.

Claustro Alto del Archivo

Los baños para investigadores no se encuentran en las mejores condiciones. Mi consejo es, de necesitar ir al tocador, acudir al Sanborns que se encuentra sobre la misma calle, en dirección a Izazaga.

Patio trasero

Espero este par de entradas puedan servir de ayuda y guía para que aquellos científicos sociales que se dedican a la investigación de archivo, abran sus puertas al AHDF y observen la posibilidad de diversificar sus fuentes.

Bruno. Mayo, 2010.

El Archivo General de la Nación. En 2006, esas palabras eran completamente ajenas a mi realidad. Sabía que el AGN (como es conocido popularmente debido a sus iniciales) era el resguardo gubernamental de todo texto nacional -casi oficial- que se pudiese rescatar. Sin embargo, no conocía su catalogación, distribución, la manera en que los materiales se tratan o si quiera la gente que ahí trabajaba.

Recuerdo perfectamente que fue en una  clase del Maestro David Guerrero Flores (INEHRM), que tuvimos nuestro primer contacto con la experiencia archivística y debo confesar que, hasta la fecha, es un momento que recuerdo con agrado. Amplió mis perspectivas sobre la recopilación de fuentes para la historia, alimentó el afán que durante los primeros semestres tienen la mayoría de los estudiantes por querer saber más y, ante todo, puso sobre la mesa la existencia de un mundo relegado a páginas polvorientas destinadas a quienes pueden leerlas y además, saben interpretar.

Elena Anzures Medina. Recuerdo perfecto ese nombre. Durante mucho tiempo se nos advirtió sobre la existencia de una materia llamada “Paleografía”. Un taller destinado al aprendizaje de la lectura y la práctica de la escritura de documentos previos a la popularización de la imprenta. Tal vez sea necesario hacer un poco de “historia”: aunque los lectores de la presente entrada sepan que la imprenta surgió con Gutenberg -inventor de dicho avance tecnológico- en el siglo XV (1450 ca.), es importante hacer hincapié en que la popularización de la misma no fue inmediata y que el antiguo oficio de la “escribanía” no perdió vigencia ni practicidad. Tanto más que, en el Mundo Moderno, eran los escribanos los encargados de validar la existencia legal de los documentos que se realizaban. En el caso específico de la Nueva España, eran los escribanos públicos los receptores de cientos de mensajes que se vertían en hojas de distinto valor monetario.

No es entonces sorpresivo que para el estudio del mundo indígena -o lo que de él sabemos a través de las fuentes novohipanas-, la Nueva España, el México Moderno y los primeros años del México Contemporáneo, necesitásemos como historiadores las herramientas de las cuales nos proveyó el “Seminario Taller de Paleografía”. Aun quedaba la duda: ¿cómo investigar?¿cómo sentarse e intentar invertir gran número de horas a leer documentos antiguos e interpretarlos? La primera palabra clave que viene a mi cabeza: paciencia. Advierto de una vez a quienes lean la entrada que la investigación en archivo no es sencilla ni mucho menos rápida; no produce dividendos mágicos y lo que se encuentra dentro de las páginas con anterioridad mencionadas requiere de un contexto que es propiamente dado por las demás áreas de la investigación, es decir, siempre se sabe qué se busca, lo interesante es lo que se encuentra.

Cuando comencé a trabajar con la Dra. María Carmina Ramírez Maya lo primero que tuve que hacer, una vez entrenado en el ámbito de los archivos, fue sumergirme en los volúmenes de un muy placentero lugar que provee dicho servicio: el Archivo Histórico del Distrito Federal (también conocido como el Archivo Carlos de Sigüenza y Góngora). A diferencia de las experiencias en el AGN, el AHDF carece -si bien por la falta de difusión del mismo o por el poco flujo de investigadores- de un aparato burocrático-corporativo que impida la realización de las investigaciones. A continuación, les presento lo que puede servir como una herramienta para el trabajo cotidiano del historiador. Si bien desde mi perspectiva, tal vez les sea útil a los humanistas que pretenden accesar al mundo de las bóvedas, volúmenes, papeles y planos.

Ubicación del Archivo Carlos de Sigüenza y GóngoraEl Archivo Histórico del Distrito Federal (AHDF), dependiente de la Coordinación de Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural de la Secretaría de Cultura del Gobierno del  D. F. De acuerdo con su espacio en internet, tiene como objetivos organizar, conservar, administrar, describir y divulgar el patrimonio documental de la Ciudad de México, el cual data del año 1524 hasta nuestros días.

Ubicado en la calle de República de Chile No. 8, esquina con Donceles, debo admitir que la mejor manera de llegar al AHDF, como a gran parte de las zonas del Centro Histórico de la Ciudad de México, es en metro. La estación más cercana: Allende, de la línea 2 (o azul como yo le llamo jejejejeje).

Su sede es la casa de los Condes de Heras Soto joya arquitectónica del siglo XVIII. Para poder accesar al acervo histórico, los investigadores deben llevar una carta dirigida al Dr. Carlos Ruiz Abreu, director de dicha institución, en la que alguna instancia corrobore los datos del consultante y el tema de su búsqueda (este es un mero trámite debido a que la entrada es casi una garantía). En caso de ser una investigación personal, la carta deberá ir firmada por el suscriptor y los motivos de la indagación deberán ser más específicos.

Al llegar al archivo, una policía muy amable o un vigilante con actitud no tan favorable (esto dependiendo del día) pide que se registre toda persona que entra al recinto. De ahí, los investigadores deben pasar con Doña Guille.

Ella es Doña Guille

Es ella la encargada de recibir las cartas y archivarlas: una mujer extremadamente amable  que pide se llenen los últimos pasos del registro. También tiene potestad sobre la paquetería y es quien brinda acceso al catálogo, tanto de archivo como de mapoteca.

Estimado lector, comprendo que el relato hoy presentado es un poco largo y con información variada. Propongo entonces realizar una segunda entrega en que acabe de presentar al resto del “Equipo AHDF”. Aún faltan Ana y Néstor, quienes hacen que la vida sea menos complicada, y Marlene e Isidro, restauradores/ayudantes de la dirección/bibliotecólogos/archivólogos/multiusos. Los conmino a que esperen la siguiente entrada… Siempre queda más por conocer…

Bruno. Abril 2010.

Claustro del Archivo

Tal vez la siguiente entrada no sea precisamente historiográfica; no se encuentra inserta en el ámbito académico o, como alguna vez bien me dijeron, no sea “digna” de los Annales de Bloch. Sin embargo, el siguiente relato es, probablemente, lo más histórico que alguna vez podré compartirles: dos de mis mejores amigos están enamorados. Es posible que para muchos lectores esta noticia sea lo más intrascendente del mundo (si piensas de dicha manera entonces, estimado seguidor, te insto a que pares y no pierdas más tu tiempo), pero para mi, es lo más impresionante del universo: dos personas de este universo se encuentran enamoradas. Y no me refiero al tipo de amor barato presentado por filmes como Twilight y New Moon; tampoco pienso en la sádica descripción de un amor hiriente como el que relata Tenesse Williams en Un tranvía llamado deseo; hablo de un amor tan espectacular que hasta hoy por la madrugada pude definir con una palabra sencilla, corriente y hasta vulgar, pero que, a su vez, engloba lo único que pude ver en las miradas y acciones de dos seres enamorados: MAGIA.

Es más bien un cliché, un mito, una manipulación pensar que los segundos se detienen y que las horas son cortas o los momentos insuficientes. Un cliché lo suficientemente real. Y si aún no entiendes por qué decidí escribir sobre esto, bueno, me permito continuar: una vez leí que en el siglo XIII los “italianos” habían configurado las diversas maneras de besar, de tal suerte que todas y cada una de las muestras corpóreas de afecto estaban sujetas al escrutinio público; en tal tenor, un beso en la palma de la mano significaba respeto y otro con la palma extendida romance; lo anterior hace que entendamos muchos de los códigos que imperaron en occidente con respecto a lo que el amor y sus expresiones físicas eran: no fue casualidad que Medusa perdiera la razón o que Cecilia Tallis escribiera cartas de por vida a Robbie Turner, haciéndole saber cuánto habían significado sus únicos dos encuentros, que un momento en el tiempo era suyo: existía la magia eterna.

Y si meditamos con toda la imparcialidad posible -admitámoslo, cuando hablamos de amor NADIE es lo suficientemente imparcial- la literatura, en todos y cada uno de sus géneros, esta permeada de ejemplos de quienes dicen “amar”. Yo me pregunto, si Anna Karenina hubiese amado, verdaderamente amado, ¿habría terminado con su vida? ¿existiría alguna otra forma de redención? ¿no debería ser ese “amor” suficientemente fuerte como para brincar las barreras de su contexto? No escapo de la severidad social a la que dicho personaje estaba atenido, cierto es que todos somos “nosotros y nuestras circunstancias”; simplemente intento pensar, razonar, tal vez desde una trinchera filosófica o tal vez desde una muy humana, si yo hubiese tenido opciones, si hubiese cerrado los ojos ¿habría visto alguna otra forma de redimirme que no fuese la muerte? Los años pasan y mi respuesta sigue siendo la misma: habría amado para siempre.

Las preguntas siguen surgiendo, tomemos otro ejemplo de la literatura: Lady Susan. ¿Quién como ella? Una dama de sociedad completamente acomodada que dejó atrás el qué dirán, asimiló los insultos y proveyó a una sociedad conservadora de temas para las charlas de café y las noches de juego. El precio a pagar: jamás haber amado, amargarse lo suficiente como para desear que los suyos y quienes la rodeaban tampoco lo hicieran; asegurar su triunfo mediante la venganza contra sus detractores. Podríamos entonces preguntarle a manera epistolar, como está escrito el libro que lleva su nombre: Querida Lady Susan, ¿fue usted feliz?

El fin de semana realicé una labor -desde mi personal punto de vista- horrenda: ayudé a limpiar el armario de mi tío Fernando. A tres meses de su partida, mi tía -su esposa- decidió que era necesario dejar los recuerdos materiales atrás y vivir con lo trascendente, la memoria. Y fue ahí, entre que escogíamos playeras de su colección de equipos de football del mundo y que mi tía decía adiós a más de 20 años de vivencias materiales, que entendí, comprendí cómo funciona esto del amor incondicional, capté la sutileza de que el amor deviene de la convivencia, de las pequeñas cosas que para otros son grandes logros. Mi tía y mi tío se siguen amando; como lo expresé líneas arriba, encontraron la eternidad, amaron para siempre.

Dos de mis mejores amigos están enamorados; y si son tan afortunados, habrán de amarse como mi tío Fernando y mi tía Paty se siguen amando. Porque no hay nada más histórico que el amor, que la sensación, que las ansias, que el sueño de ser soñados, que el cosquilleo en el estomago, aunque “no funcione”. Mi mejor amigo -quien es como mi hermano- habla de lo que siente, escribe lo que vive, relata con sus ojos la historia más hermosa del universo: un romance destinado a ser, cientos de cartas que envuelven el único deseo común de seis mil millones de humanos: amar y ser amados. Mi hermanito tiene lo que muchos desean porque ha trabajado por ello y porque, como siempre lo he dicho, por cada alma que se va, nace forzosamente una nueva; y el alma de mi tío, de ese hombre tan maravilloso, estoy seguro se encuentra inserta en esa relación.

Elizabeth Bennet lo expresó perfectamente bien: “Únicamente el amor más profundo podría persuadirme al matrimonio, por lo cual, terminaré siendo una solterona”. Hoy confirmo mi creencia en dicha línea tan decimonónica, pero tan cierta; extremista, sin duda alguna, y a la vez esperanzadora. Porque no existe nada mejor que serle fiel a las creencias que nos conforman. Porque si cientos de historias describen el climax de la vida en el “beso de amor verdadero”, confío entonces que antes de la mercadotecnia, de Disney y sus princesas, del 14 de febrero, el anhelo era ese, trascender, vivir.

Creo hoy firmemente que Anna Karenina no estuvo enamorada, al menos no de verdad. Que Lady Susan quiso sentir, y terminó por odiar. Que Medusa iba a enloquecer. Que Cecilia no iba a dejar de escribir. Que dos de mis mejores amigos están enamorados y no hay hecho más histórico que ese. Con los ojos cerrados afirmo que la mirada brillante de mi hermano, verlo soñar despierto, saber que duerme con la conciencia tranquila, es la mejor sensación del mundo…

Para Pedro, mi tía Paty, Gustavo y mi tío Fernando (q.e.p.d.)

Para ti…

Tal vez si miran esta escena les queden ganas de leer, de seguir, de soñar…

Etiquetas: , , ,

¿Qué entiendes por barrio? Sí, tú, estimado lector ¿Qué entiendes por barrio? Debo confesar que, hasta hace relativamente poco tiempo, para mi la palabra barrio estaba relacionada con decadencia, inmundicia, pobreza, condiciones de vida severas -y probablemente inimaginables- “popularidad” (y no precisamente en el sentido del “fenómeno Gaga”), en fin, un sinnúmero de calificativos poco agraciados para describir una zona específica delimitada regularmente por otras tantas del mismo corte.

Era entonces de esperarse que, al iniciar algunas investigaciones dirigidas por la Doctora María Carmina Ramírez Maya en el Archivo Histórico de la Ciudad de México como parte de mi servicio social, indagar en los documentos que hiciesen referencia a las características de vivienda y sociedad al interior de los barrios en la ciudad de México durante el siglo XIX, fuese una labor que, en aquel momento, me parecía sinónimo de los términos expresados en el párrafo anterior.

En específico, hallar descripciones del actual centro del Distrito Federal, es una labor titánica. Cada cuadrante, esquina, sector, etc., recibe nombres distintos y sus características pueden variar, aunque  sea por cuestiones tan simples como cruzar la acera. Durante el siglo XIX, el urbanismo y el crecimiento de la ciudad fueron novedades más que notorias. Las calles, empedrados y traza dieron pie al magnánimo esplendor que hasta hoy día define a esta zona. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. La desamortización de los bienes del clero generó pérdidas incalculables en ámbitos materiales, artísticos y arquitectónicos. Como bien lo refiere Tovar y de Teresa, la Ciudad de los Palacios, se convirtió en ciudad de ruinas. Lo que devino de dicha acción por llevar a la práctica los valores liberales de la segunda mitad del siglo XIX, no sólo encontró eco en la destrucción masiva, sino también en la manera en que los pobladores del espacio citadino convivieron con las nuevas características de un mundo secular: la industralización hacía sus primeras apariciones en el México devastado.

Uno de los tantos barrios que sufrió tales consecuencias fue el de la Concepción Cuepopan: modificó su estructura y población a raíz de la nueva distribución decimonónica. Sin embargo, es preciso decir que desde los primeros asentamientos españoles en el territorio perteneciente a México-Tenochtitlán, múltiples cambios de índole  social, militar, religioso, económico y político, transformaron las vidas de los habitantes de las zonas conquistadas. Irrelevante ha sido para muchos la manera en que los naturales se comunicaban con su espacio. El contacto con plazas y lugares abiertos, así como el contexto social que les envolvía, se convirtió en algo más bien cotidiano: parte clave de los métodos de evangelización y reflejo de las costumbres europeas en el Nuevo Continente. El barrio de la Concepción Cuepopan es un importante ejemplo del urbanismo surgido durante el Virreinato, si bien por el muestreo social, artístico y arquitectónico realizado a partir de la traza de dicho pueblo, también por la relevancia que adquirió desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XX.

Cuepopan, que significa “En el camino” (de cuepotli: calzada, camino y pan: dentro, en, sobre o durante), es precisamente uno de los fenómenos de larga duración más extraordinarios que alberga la ciudad de México. En su jurisdicción, se encontraban varios templos y conventos y, con el pasar de los años, las tierras del entonces barrio de indios, se convirtieron en una opción viable para la fundación de comunidades religiosas: San Fernando, San Hipólito, la Santa Veracruz, San Juan de Dios, Santa María la Redonda, la Concepción y Santa Catarina Mártir, son sólo algunos de los templos desarrollados al interior de la demarcación.

De acuerdo con Alfonso Caso, los límites de Cuepopan son: por el Norte, la Laguna (o Lagunilla) y las calles de Mosqueta, Rayón y Órgano; por el Oriente, la República de Argentina y Seminario; por el Sur, las calles y Calzada México-Tacuba y por el Poniente, la orilla de la isla formada por una línea quebrada que iba más o menos por las calles de Arista, Violeta, Guerrero, Pedro Moreno, Zarco, Moctezuma y Lerdo, en la actual colonia Guerrero, uniéndose aquí con la calle de Mosqueta que marcaba el límite norte. Es esta Parcialidad estaban los puentes sobre la acequia de Tzontlatli que la separaba de Tlatelolco: el de Tlezontlalli en la calle de República de Brasil y el de Clérigo en la calle de Allende. El barrio era entonces de grandes proporciones; una de las cuatro principales separaciones de México-Tenochtitlán y, como su nombre lo indica, el camino que unía a las ciudades más importantes del Imperio Mexica: la gran Tenochtitlán y Tlatelolco.

Al interior de Cuepopan podemos observar conflictos y cuitas por el poder: encerrados en las bóvedas de los archivos se hallan un sinfín de querellas provenientes todas de diversas situaciones originadas al seno de la comunidad virreinal: peticiones de agua, apertura de caminos, fraccionamiento de propiedades, etc., hacen del barrio una entidad viva llena de colores y actividad que, a pesar de su aparente tranquilidad, despliega una intensa carga de problemáticas, espejo de la cotidianidad novohispana y prueba del arraigo cultural y de los primeros atisbos de nacionalidad sucedidos a lo largo del siglo XIX.

Con ayuda de la Doctora Teresa Matabuena y la colaboración museográfica de Tatiana Peralta, la Doctora María Carmina Ramírez Maya ha montado -por segunda ocasión- la exposición fotográfica del Barrio de Cuepopan, al interior de la biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la Universidad Iberoamericana. Parte del quehacer histórico es la difusión del conocimiento. Lo que líneas arriba he relatado únicamente es muestra de los logros de una investigación bien encaminada con un tema definido; si los lectores no hacen el intento por acercarse de manera vívida a los relatos, entonces de nada servirá que intentemos trastocar el conocimiento con nuestros propios aportes. Les invito a visitar la exposición que está conformada en su mayoría por fotografías pertenecientes a la fototeca Reyes Valero de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del INAH. Ha recibido también el apoyo del acervo fotográfico de la revista México Desconocido; pretende acercar al espectador a una visión contemporánea de la transformación en los márgenes de la ciudad.

Cuepopan es el intermediario entre un México industrial y otro popular, cuyos habitantes practican tradiciones al seno de una cotidianidad cambiante. Actividades que persisten a través de los siglos y modificaciones espaciales resultantes de la secularización decimonónica, forman parte de la historia aún por escribir de una de las demarcaciones más ricas de la ciudad de México. Si bien Cuepopan ha sido descrito como marginal -debido a las zonas limítrofes que antes la conformaban y las colonias que actualmente comprende-, también se encuentra inserto en la inigualable calidad territorial, artística y arquitectónica de la ecléctica identidad mexicana. Cuepopan: testigo vivo de tradiciones culturales.


  • Ninguna

Categorías

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.